Amalia
Amalia Don Cándido alzó su caña de la India, como para apuntar en el aire la dirección a que iba a referirse, cuando el joven, creyendo que la alzaba para darle un palo, corrió a la puerta y dio un grito al portero, que felizmente no se hallaba en su puesto.
—¿Qué hacéis, joven imprudente, inconsiderado, ligero como todos los jóvenes?
—Señor, si usted no se va yo empiezo a gritar.
—Bien, ya me voy, joven inexperto y alucinado.
Pero en lugar de dirigirse a la puerta, don Cándido se dirigió a uno de los balcones, que daba frente a frente con la misma fonda, y el alma se le volvió al cuerpo al ver que nadie había en la puerta de ésta.
Volvióse entonces y extendió su mano para despedirse del oficial del archivo, quien, no teniendo la mínima duda de que don Cándido acababa de escaparse de la Residencia, se guardó muy bien de poner su mano entre las suyas.
—Adiós, joven bisoño y nuevo en la escuela del mundo. Ojalá pueda pagar a usted y a su respetabilísima familia el eminente e inolvidable servicio que acabo de recibir.
Y don Cándido bajó con toda su estudiada gravedad las escaleras, mientras el joven quedóse mirándolo y riéndose.