Amalia
Amalia —Sí.
—¿Y cuál era, mi amigo?
—No sé; no quiero decirlo ya. No quiero más política ni más confidencias.
—Ah ¿Luego era una confidencia política lo que venía usted a hacerme?
—No he dicho tal.
—Y apostaría a que trae usted en el bolsillo de su levitón algún papel importante.
—No traigo nada.
—Y apostaría a que si algún hermano federal se le antoja registrarlo a usted al salir de acá, por ver si lleva armas, y le encuentra el tal papel, se lo despacha a usted en un abrir y cerrar de ojos.
—¡Daniel!…
—Señor, ¿me da usted los documentos que me trae o no?
—Bajo de una condición.
—Veamos.
—Que no me exigirás que continúe faltando a mis deberes.
—Tanto peor para usted, porque Lavalle, no pasan cuatro días sin que esté en Buenos Aires.
—¡Y qué! ¿Tú no responderías de los inmensos servicios que he prestado a la libertad?
—No, si usted se para en la mitad del camino.
—¿Y crees que entre Lavalle?