Amalia
Amalia —No, señor, no dude usted; verdad es que somos pocos, apenas he podido reunir quince hombres bien resueltos. La azotea que debemos ocupar, al mismo tiempo que servirá de punto de reunión, servirá eficazmente para despejar toda la calle del Colegio, si el general, como se lo ruego, invade por Barracas, y suben sus fuerzas por la Barranca de Marcó, que es el punto más señalado. La posición que he elegido es la mejor de toda esa larga y recta calle, y con veinticinco hombres más que me deje el general, yo le respondo de la retirada, si llega a haber necesidad.
—¿Armas?
—Tengo cuarenta y seis fusiles, y tres mil cartuchos que he hecho comprar en Montevideo y están ya bien seguros en Buenos Aires.
—¿La señal?
—La que me avisen del ejército, si se deciden a atacar.
—¿Las comunicaciones son seguras?
—Muy seguras.
—Bien, entonces apruebo con más razón la segunda idea, porque es preciso que estén ustedes desembarazados de asuntos domésticos, para toda eventualidad. Sólo temo el momento del embarco.