Amalia
Amalia —Eso es lo de menos, doctor; no habrá riesgo. Acabo de mandar llamar un agente mío para remitir por él una carta al comandante de un buque bloqueador, previniéndole y pidiéndole una ballenera armada, porque el único peligro sería encontrar alguna de las embarcaciones de la capitanía que suelen correr la costa.
—Bien pensado.
—Le diré también que él mismo determine la noche, y la hora y la señal con que me avisará desde a bordo.
—¿El embarco será por San Isidro?
—Sí, señor. Eduardo le habrá dicho a usted todo a ese respecto.
—Sí, ya.
—¿Y cree usted que madama Dupasquier resista al viaje?
—Lo que creo es que no resistirá quince días más de Buenos Aires. Es una de esas enfermedades que no residen en ningún órgano, que están desparramadas en la misma vida, y que la secan y la extinguen por horas. Es tan profunda la afección moral de esa señora, que ha enfermado ya el corazón y los pulmones, y la consunción la mata. Pero el aire libre la va a volver a la vida, con la misma rapidez que la falta de él la está asesinando en Buenos Aires.
—¿Y ella está bien decidida? —preguntó Eduardo.