Amalia
Amalia —Anoche se convino a todo —contestó Daniel.
—Y hoy lo desea con ansiedad —agregó el doctor Alcorta—, y está conforme en que Daniel se quede. Lo ama a usted ya, amigo mío, como si fuera su hijo.
—Lo seré, señor, y no lo soy mañana, ahora mismo, porque ella se resiste. Es supersticiosa como toda mujer de corazón, y teme de un enlace contraído en estos tristísimos momentos.
—Sí, sí, es mejor que así sea. ¡Quién sabe cuál es la suerte que vamos a correr! Que se salven siquiera las mujeres —dijo el doctor Alcorta.
—Menos mi prima, señor. No hay medio de hacerla decidirse.
—¿Ni Belgrano?
—Nadie señor —contestó éste, sobre cuyo corazón había ido a fondo la interrogación del doctor Alcorta.
—Son las dos de la tarde, amigos míos. ¿Van ustedes hoy a San Isidro?
—Sí, señor, a la noche, y regresaremos antes del día.
—¡Cuidado, mucho cuidado, por Dios!
—Son ya nuestros últimos viajes, señor —dijo Eduardo—; tan pronto como se embarque madama Dupasquier, quedará vacía la casa de los Olivos.
—Hasta mañana, pues.
—Hasta mañana, señor.