Amalia
Amalia —Pero, señor secretario —repuso don Cándido, que verdaderamente se hallaba en una perplejidad lastimosa—, si yo no hablo en el caso de que estén aquí los bravos e impertérritos defensores de Su Excelencia el señor general Lavalle, sino… Daniel… habla por mí, hijo mío… Yo tengo mi cabeza como un horno.
—No hay nada que hablar, señor —repuso aquél—, todo lo ha comprendido su colega de usted. Todos nos entendemos, o más bien, todos nos hemos de entender.
—Menos yo, mi querido Daniel, que bajaré al sepulcro sin entender, sin comprender, sin saber lo que he hecho ni lo que he sido en esta época calamitosa y nefanda.
—Usted es de los nuestros, señor don Cándido —repuso Eduardo.
—Yo soy de todos, sí, señor, de todos. Anoche mismo se me caían las lágrimas de los ojos cuando el señor don Felipe me dictaba ese tremendo preámbulo que va a dejar a todo el mundo en la miseria.
—¡Ah, sí, el preámbulo! —dijo Daniel, picada su curiosidad, pero sin querer que don Cándido lo conociese.
—¡Pues! Ya tú has de saber de lo que se trata.
—¿Cómo no? Desde ayer a la tarde. ¿Y no ha acabado todavía el preámbulo el señor don Felipe?