Amalia

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—¡Secretario en comisión del general Lavalle! —exclamó don Cándido, parándose gradualmente y mirando a Eduardo con ojos que querían salírsele de las órbitas.

—¡Pues! —prosiguió Daniel—, y como usted es secretario de Arana y el señor es secretario de Lavalle, resulta que son ustedes colegas.

—¡Secretario de Lavalle! ¡Y conversando conmigo!

—Y huésped de usted hace pocos días.

—¡Y huésped mío!

—Y agradecidísimo, por otra parte. Y tanto, que mi primera visita será para usted dentro de dos o tres días, mi querido colega.

—¿Usted en mi casa? No, señor, ni estoy ni puedo estar en mi casa para usted.

—¡Ah! Esto es otra cosa. Yo esperaba ir a visitar a mi antiguo maestro con algunos discípulos suyos que vienen en el ejército libertador, y que podrían servirle de garantía en las muy justas represalias que pensamos tomar con todos los servidores de Rosas y Arana. Pero si usted no quiere, cada uno es dueño de dejarse ahorcar.


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