Amalia
Amalia —¿Cuál?
—Que las dos falúas de la Capitanía recorren toda esa costa desde las diez de la noche.
—¿Las dos juntas?
—No. Generalmente se separan.
—¿Qué tripulación montan?
—La una ocho, y la otra diez hombres, y andan bien.
—Bueno, míster Douglas. Todo eso me era importante saber. Recapitulemos. Que usted no se irá, hasta que yo se lo avise. Que irá usted a la escuadra esta noche, y traerá la respuesta de la carta que voy a entregarle, de las ocho a las diez de la mañana. Que recibirá usted dos baúles mañana a la oración en su casa, y los embarcará y llevará usted mismo a la escuadra cuando yo se lo avise. Precio convenido, el que usted ponga.
—Eso es lo mejor —respondió el inglés, frotándose las manos—, eso es lo mejor. Así hablan los hombres. Ahora no me hace falta sino la carta.
—Va usted a tenerla —repuso Daniel, levantándose y pasando a su escritorio, mientras quedaba calculando el precio que pondría a todas sus comisiones el contrabandista de tabaco en España y de hombres en Buenos Aires.