Amalia
Amalia Las luces de la ciudad se habían perdido completamente a la vista; y sólo hacia la izquierda se percibía la forma de la costa indefinible y negra, y que aparecía más y más elevada a medida que la ballenera avanzaba con más rapidez al impulso de los remos, que antes a la fuerza del paño.
Al cabo, el oficial dijo una palabra al timonero, y la ballenera viró un tercio más hacia la costa; y, a la otra palabra del patrón, los marineros empezaron a tocar apenas con la punta del remo la superficie del agua, y la embarcación perdió más de la mitad de su marcha.
Entonces el joven oficial se sentó en el piso de popa, tomó la linterna, observó con mucha atención la aguja y las indicaciones del plano, y después de un rato levantó su brazo, sin quitar los ojos de la aguja y de la carta.
A esta acción los marineros dieron, por una sola vez, una impulsión inversa a los remos, y la ballenera quedó como clavada sobre las aguas en medio del silencio y de las sombras.
Estaban a una cuadra de la costa.