Amalia

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En la primera hora la ballenera corrió al largo con su proa al oeste cuarta al norte, con su vela englobada, ligera y graciosa como una creación de la noche posada en el ala de la brisa, mientras que el joven oficial, envuelto en su capa, y tendido sobre el banco de popa, con esa indolencia característica del marino, sólo bajaba su vista de rato en rato, a ver una pequeña carta abierta a sus pies; y alumbrado por una linterna a cuya luz echaba una mirada de vez en cuando a una rosa náutica que sujetaba el pequeño plano, mostraba luego con la mano, y sin hablar una palabra, la dirección que debía dar a la ballenera el patrón que dirigía el timón. Y a la luz también de esa linterna colocada en el fondo de la ballenera, se distinguían los fusiles de los marineros, colocados de babor a estribor.

Como al cabo de una hora el oficial vio su reloj e hizo en seguida un examen más detenido de la aguja, del plano y de la dirección de la ballenera; y mandó luego arriar la vela, y seguir a remo en la dirección que indicó después de colocar bajo un banco de popa la linterna.

La parte superior de los remos estaba envuelta en lona, y apenas se percibía el débil rumor de la pala en el agua.


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