Amalia
Amalia —¡Pues es un lindo modo de ser valiente! ¿Para cuándo quieres el valor sino para los peligros?
—Sí, pero peligros para mí; no para Florencia, no para su madre. No es el miedo de perder la vida. Es miedo de hacerle derramar una lágrima, de hacerle sufrir los tormentos horribles porque pasaría su corazón, si nos rodease de repente un conflicto. Es miedo de que quedase sola, con su padre ausente, con su madre casi expirando, y sin mi apoyo en esta tormenta de crímenes que se cierne sobre nuestras cabezas. Es miedo por la desgracia de ser amado, que sólo sienten ciertos corazones, ciertos caracteres en la vida. ¿Me comprendes ahora?
—Sí, y lo peor es que me has inoculado ese miedo en que no había pensado, a fe mía: miedo de morir, no por morir, sino por los que quedan vivos. ¿No es eso?
—Sí, Eduardo; cuando uno tiene la conciencia de que es amado, cuando uno ama de veras, la vida se reparte, se encarna con otra vida, y al morir queda un pedazo de uno mismo en la tierra, y esto es lo que se siente.