Amalia
Amalia En una de estas idas y venidas, Daniel, al llegar a su amigo, acercando mucho su caballo, y poniéndole la mano en el hombro, le dijo:
—¿Quieres que te haga una revelación que a cualquiera otro le darÃa rubor hacerla?
—¿Acaso vas a decirme que estás enamorado? ¡Qué diablos! Yo también lo estoy; y no me avergonzarÃa de contarlo.
—No, no es eso.
—Veamos, pues.
—Que tengo miedo.
—¡Miedo!
—SÃ, Eduardo, miedo. Pero es en este momento. En esta solitaria travesÃa. En el paso arriesgado que vamos a dar. Yo, que juego mi vida a todas horas; que desde niño, puedo decirlo, he buscado la noche, las aventuras peligrosas, los pasos arriesgados; que he aprendido a domar el potro por el placer de correr un peligro; que he surcado las olas de nuestro rÃo, más bravas y poderosas que el océano, en un débil bote, sin motivo, sin interés, por sólo la satisfacción de verme frente a frente con la Naturaleza, en los momentos de sus salvajes jactancias; yo, que tengo fuerte el corazón y diestro el brazo, temblarÃa como una criatura si tuviésemos en este momento un accidente cualquiera que nos pusiese en peligro.