Amalia
Amalia Más allá de Palermo de San Benito, lugar casi desierto en esa época y que muy pronto debía convertirse en la espléndida y bulliciosa morada del tirano, se vio a cuatro hombres venir en dirección opuesta.
En el acto, los dos jinetes que lo escoltaban prepararon las armas que traían bajo sus ponchos, y se dispusieron para lo que pudiera ocurrir. Pero felizmente no era gente de la Mazorca, y lejos de detener el carruaje pasaron haciendo grandes cortesías a los que iban dentro y a los que cabalgaban a su lado. Porque uno de los rasgos característicos de la época de Rosas era el afán de los hombres por saludarse unos a otros aun cuando en su vida se hubieran visto la cara: originalidad que no puede explicarse de otro modo que por el miedo que recíprocamente se tenían todos.
De cuando en cuando, y a pesar del aire de la noche, la misma madama Dupasquier mandaba a su hija que abriese uno de los postigos del coche para ver si venían sus amigos. Y cada vez que la joven cumplía esta orden, bien poco pesada para ella, como se comprende, unos ojos llenos de amor y vigilancia divisaban su preciosa cabeza, y en el rápido vuelo de un segundo, uno de los jinetes estaba al lado del estribo, y brevísimo diálogo de las más tiernas interrogaciones tenía lugar entre la niña y el joven, entre la madre y su hijo, porque el joven, bien se entiende, no era otro que Daniel, el prometido esposo de Florencia.