Amalia

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Como a las siete de esa misma noche, un carruaje conducido por Fermín, había parádose a la puerta de la casa de madama Dupasquier; y poco después subía a él aquella noble señora, pero subía pálida, macilenta, con la expresión de esas enfermedades, de esas tisis del alma que hacen mayores estragos, y más pronto, que las más crueles dolencias de los órganos; y a su lado subía su hija, linda como una promesa de amor, y pura y delicada como un jazmín del aire: eran dos mujeres del tipo perfecto de 1820[103], que podemos hacer llegar, si se quiere, hasta 1830. Porque la generación que se desenvolvió durante la revolución, tanto en hombres como en mujeres, en lo moral como en lo físico, ha tenido un sello especial que ha desaparecido con la época. Es curiosa, pero sería muy larga esa demostración. Y sólo diremos que de aquellas mujeres que hoy se perpetúan en los retratos o en las tradiciones no quedan sino los retratos y las tradiciones.

Inmediatamente el coche había tomado hacia la plaza doblando por bajo el arco de la Recova atravesando la plaza del 25 de Mayo, descendido al Bajo y tomado a gran trote con dirección al norte. Al pasar por el bajo de la Recoleta, ya muy de noche, dos jinetes habían salido al encuentro del carruaje, y luego de reconocerlo siguieron su marcha a pocos pasos de él.


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