Amalia
Amalia No habría pasado un minuto que aquella luz flotante despedía su rayo sigiloso en dirección a la tierra únicamente, cuando sobre la barranca inmediata brilló una luz, algo más viva que la que parecía requerirse por la luz marítima, que se rodeaba de tantas precauciones.
—Allí está —exclamaron todos los de la ballenera, pero con una voz apenas perceptible de ellos mismos.
La linterna subió y bajó entonces, por dos veces, en las manos del oficial, y la luz de tierra extinguióse en el acto.
Eran las once de la noche.