Amalia

Amalia

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—No, señora —repuso Eduardo—, pero usted no vendrá de Montevideo hasta que vayamos todos a buscarla.

—Y será el mismo día que no haya Rosas —agregó Daniel, que fue compensado por una leve presión de la mano de su Florencia, que no se había desprendido de la suya desde que salieron del aposento de Amalia, pues que ya estaban en el comedor, sin más luz que la escasísima de la noche que entraba por los vidrios que daban hacia el río, en cuya dirección estaba fija la mirada de todos.

A medida que pasaban los minutos por la rueda del tiempo, la conversación se cortaba y se reanudaba con dificultad, porque una misma idea absorbía la atención de todos: era ya la hora, y la ballenera no venía. Madama Dupasquier no podía permanecer allí. El conflicto de las armas podía tener lugar al otro día. Y se necesitaban tres por lo menos para combinarse de nuevo con la estación francesa.

—Tardan —dijo Amalia, que era quien conservaba más sereno su espíritu, porque no había nada que agitase, ni la felicidad ni el peligro de la muerte, a aquella naturaleza dulce, tierna y melancólica.

—El viento, quizá —repuso Daniel, buscando un pretexto que calmase algo la inquietud general, y en la que tomaba él la mayor parte.


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