Amalia
Amalia —Van a dar las diez de la noche. Es necesario que vayamos a las ventanas del comedor, a esperar la señal de la ballenera, que no debe tardar. Pero es preciso que Luisa se quede aquí y que lleve la luz a la sala en el momento en que yo se la pida. ¿Entiendes, Luisa, lo que tienes que hacer?
—Sí, sí, señor —contestó la vivísima criatura.
—Vamos, pues, mamá —dijo Daniel, tomando la mano de madama Dupasquier—. Usted también nos ayudará a observar el río.
—Sí, vamos —contestó la aristocrática porteña, con una sonrisa que mal pegaba con su cadavérico semblante—, y he aquí lo que no se me había ocurrido jamás.
—¿Qué cosa, mamá? —le preguntó con prontitud Florencia.
—Que yo tuviera que hacerme federal por un momento, empleando mis ojos en espiar entre las sombras. Y, sobre todo, no se me había ocurrido que tuviese alguna vez que embarcarme por estos parajes y a estas horas.
—Pero se desembarcará usted en su coche dentro de ocho días, señora.
—¿Ocho? ¡Y qué! ¿Costará tanto echar a esta canalla de Buenos Aires?