Amalia

Amalia

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Madama Dupasquier bajó casi exánime, pues el viaje la había molestado terriblemente. Pero todo estaba preparado por la prolija y delicada Amalia; y después de tomar algunos confortativos y reposar un rato, la enferma volvió a hallarse mejor. Además, la idea de que pronto iba a dejar de respirar aquel aire que la asfixiaba, y salvar a su hija, era el mejor tónico para su debilidad presente.

Según las instrucciones de Daniel, sólo había luz en el aposento de Amalia, cuya única ventana daba al pequeño patio de la casa. La sala, que servía de aposento a Luisa, y el comedor, cuyas ventanas daban hacia el río, y sus puertas hacia el camino, estaban completamente a oscuras.

Florencia estaba más pálida que de costumbre; y su corazón latía con esa irregularidad que acompaña a las situaciones inmediatamente precursoras de un desenlace que se anhela y se teme. Un peligro inminente iba a correrse. Pero en el blando espíritu de la mujer no cabe el recuerdo de sí misma cuando peligra también la vida de su madre, la vida de su amante.

La joven sonreía a aquélla. Miraba tierna y amorosamente a su Daniel; y en el cristal bellísimo de sus ojos, una humedad celestial se desparramaba.

Daniel salió; habló un buen rato con Fermín, y volvió luego diciendo:


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