Amalia
Amalia —No, es la luz, es la estrella de mi vida —repuso Eduardo, con un acento de vanidad que parecía decir: «Así es el carácter que quiero en la mujer amada de mi corazón».
—Ahí está la casa —dijo Daniel, y se adelantó a dar orden a Fermín de poner el carruaje en la parte opuesta del edificio, luego que bajasen las señoras.
Un minuto después estaba aquél en la puerta de la «Casa sola». Pero ni una luz, ni una voz, y sólo el rumor de los árboles cercanos.
Sin embargo, no bien el carruaje y los caballeros pararon a la puerta, cuando ésta se abrió, y los ojos de los viajeros, habituados a la oscuridad después de dos horas, pudieron distinguir las figuras de Amalia y de Luisa paradas en la puerta; mientras que por el postigo de una ventana asomaba la cabeza de Pedro, el viejo veterano, que custodiaba a la hija de su coronel, con la misma vigilancia con que veinte años antes guardaba su puesto y su consigna en las centinelas avanzadas de los viejos ejércitos de la patria.