Amalia

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En efecto, estaba servida en la pieza inmediata, y se componía de un grande asado de vaca, un pato asado, una fuente de natas y un plato de dulce. En cuanto a vinos, había dos botellas de Burdeos delante de uno de los cubiertos. Y una mulata vieja, que no era otra que la antigua y única cocinera de Rosas, estaba de pie para servir a la mesa.

Rosas llamó con un fuerte grito a Biguá, que había quedado durmiéndose contra la pared del gabinete de Su Excelencia, y fue a sentarse con su hija a la mesa de su comida nocturna.

—¿Quieres asado? —dijo a Manuela cortando una enorme tajada que colocó en su plato.

—No, tatita.

—Entonces come pato.

Y mientras la joven cortó un alón del ave y lo descarnaba más bien por entretenimiento que otra cosa, su padre comía tajada sobre tajada de carne, rociando los bocados con repetidos tragos.

—Siéntese Su Paternidad —dijo a Biguá, que con los ojos devoraba las viandas, y que no esperó segunda vez la invitación que se le hacía—. Sírvelo, Manuela.

Y ésta puso en un plato una costilla de asado, que pasó al mulato, quien al tomarla miró a Manuela con una expresión de enojo salvaje, que no pasó inadvertida a Rosas.


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