Amalia
Amalia —¿Qué tiene, Padre Biguá? ¿Por qué mira a mi hija con esa cara tan fea?
—Me da un hueso —contestó el mulato, metiéndose a la boca un enorme pedazo de pan.
—¡Cómo es eso! ¿Tú no cuidas al que te ha de echar la bendición cuando te cases con el ilustrÃsimo señor Gómez de Castro, fidalgo portugués, que le dio ayer dos reales a Su Paternidad? Has hecho muy mal, Manuela; levántate y bésale la mano para desenojarlo.
—Bueno, mañana le besaré la mano a Su Paternidad —dijo Manuela sonriendo.
—No, ahora mismo.
—¡Qué ocurrencia, tatita! —replicó la joven entre seria y risueña, como dudando de la verdadera intención de su padre.
—Manuela, dale un beso en la mano a Su Paternidad.
—Yo, no.
—Tú, sÃ.
—¡Tatita!
—Padre Biguá, levántese Su Reverencia y déle un beso en la boca.