Amalia

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El mulato se levantó, arrancando con los dientes un pedazo de carne de la costilla que tenía en sus manos, y Manuela clavó en él sus ojos chispeantes de altanería, de despecho, de rabia; ojos que habrían fascinado aquella máquina de estupidez y abyección, sin la presencia alentadora de Rosas. El mulato se acercó a la joven, y ella, pasando de la primera inspiración del orgullo al abatimiento de la impotencia, escondió su rostro entre sus manos para defenderlo con ellas de la profanación a que le condenaba su padre. Pero esta débil y pequeña defensa de su rostro no alcanzaba hasta su cabeza, y el mulato, que tenía más ganas de comer que de besar, se contentó con poner sus labios grasientos sobre el fino y lustroso cabello de la joven.

—¡Qué bruto es Su Reverencia! —exclamó Rosas riéndose a carcajada suelta—. Así no se besa a las mujeres. ¿Y tú? ¡Bah, la mojigata! Si fuera un buen mozo no le tendrías asco.

Y se echó un vaso de vino a la garganta, mientras su hija, colorada hasta las orejas, enjugaba con los párpados una lágrima que el despecho le hacía brotar por sus claros y vivísimos ojos.

Rosas comía entretanto con un apetito tal, que revelaba bien las fibras vigorosas de su estómago, y la buena salud de aquella organización privilegiada, en quien las tareas del espíritu suplían la actividad que le faltaba al presente.


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