Amalia

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Luego del asado comióse el pato, la fuente de nata y el dulce.

Y siempre cambiando palabras con Biguá, a quien de vez en cuando tiraba una tajada, acabó por dirigirse a su hija, que guardaba silencio con los labios, mientras bien claro se descubría en las alteraciones fugitivas de su semblante, la sostenida conversación que sostenía consigo misma.

—¿Te ha disgustado el beso, no?

—¿Y cómo podrá ser de otro modo? Parece que usted se complace en humillarme con la canalla más inmunda. ¿Qué importa que sea un loco? Loco es también Eusebio, y por él he sido el objeto de la risa pública, empeñado que estuvo, como lo sabe usted, en abrazarme en la calle; sin que nadie se atreviese a tocarlo porque era el loco favorito del gobernador —dijo Manuela con un acento tan nervioso y con una tal animación de semblante y de voz, que ponía en evidencia el esfuerzo que había hecho en sufrir sin quejarse la humillación por que acababa de pasar.

—Sí, pero has visto ya que le he hecho dar veinticinco azotes, y que le tendré en Santos Lugares[45] hasta la semana que viene.


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