Amalia

Amalia

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—¿Y qué importa? ¿Es por ese castigo que se olvidarán del ridículo en que me puso ese imbécil? ¿Porque usted le mande dar veinticinco azotes, dejarán, y con razón, de hacerme el objeto de las conversaciones y la burla? Yo bien comprendo que usted se divierte con sus locos, que son, puede decirse, las únicas distracciones que usted tiene; pero la libertad que usted les consiente conmigo en su presencia, les da la idea de que están autorizados para desmandarse dondequiera que me hallen. Yo consentiría en que me dijesen cuanto quisieran, pero ¿qué diversión halla usted en que me toquen y me irriten?

—Son tus perros que te acarician.

—¡Mis perros! —exclamó Manuela, en quien la animación se aumentaba a medida que se desprendían las palabras de sus labios rojos como el carmín— los perros me obedecerían; un perro le sería a usted más útil que ese estúpido, porque siquiera un perro cuidaría de la persona de usted, y la defendería si llegase ese caso horrible que todos se empeñan en profetizarme con palabras ambiguas, pero cuyo sentido yo comprendo sin dificultad.

Manuela cesó de hablar, y una nube sombría cubrió la frente de Rosas, con las últimas palabras de su hija.

—¿Y quiénes te lo dicen? —preguntó con calma después de algunos instantes de silencio.


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