Amalia
Amalia —¿Qué se espera? —preguntó Eduardo, que daba el brazo a Florencia, mientras madama Dupasquier se apoyaba en el de Daniel.
—Esto —dijo Daniel, señalando un bulto que se veÃa subir por la barranca.
Daniel dejó el brazo de madama Dupasquier y se adelantó.
—¿Hay alguien, FermÃn?
—Nadie, señor.
—¿En qué distancia?
—Como a cuatro cuadras de un lado a otro.
—¿Se ve desde tierra la ballenera?
—Ahora, señor, porque acaba de atracar a las toscas; el rÃo está muy crecido, y se puede subir sin mojarse.
—Bien, pues, ¿recuerdas todo?
—SÃ, señor.
—Mi caballo desde ahora mismo en la Peña Blanca, como a tres cuartos de legua de aquÃ. Bastante adentro del agua, para quedar cubiertos por la Peña Grande. Allà he de desembarcar dentro de dos horas. Pero por toda precaución monta a caballo ya y vete a esperarme.
—Bien, señor.
La comitiva ya estaba impaciente e intrigada por la demora de Daniel. Pero éste los tranquilizó luego y descendieron la barranca.