Amalia

Amalia

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El aire de la noche parecía vigorizar a la enferma, pues caminaba con una notable serenidad, apoyada en el brazo de su futuro hijo.

Adelante de ellos iba Florencia con Eduardo.

Y abriendo la marcha de la comitiva iba Amalia con la pequeña Luisa de la mano.

Por dos veces le había rogado Eduardo que tomase su otro brazo. Pero ella, queriendo dar valor a todos, contestaba que no; que era la señora feudal de aquellos parajes, y debía siempre marchar delante.

Cubierta su espléndida cabeza con un pequeño pañuelo de seda negro, cuyas puntas estaban prendidas bajo la barba, sólo se distinguía el perfil de su hechicero rostro y sus ojos, en los que no faltaba una luz, ni entre las densas sombras de la noche.

En pocos minutos llegaron a la orilla del río donde la ballenera estaba atracada y aquietada por dos robustos marineros que habían saltado a tierra con ese objeto.

La embarcación había dado por casualidad con una pequeña abra del río.

Al acercarse las señoras, el oficial francés saltó a tierra con toda la galantería de su nación, para ayudarlas a embarcarse.

Había un no sé qué de solemnidad religiosa en ese momento, en medio de las sombras de la noche, y en esas costas desiertas y solitarias.


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