Amalia

Amalia

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Madama Dupasquier se despidió con estas solas palabras:

—Hasta muy pronto, Amalia.

Un unitario jamás se atrevía a decir, ni aun a creer, que Rosas se conservase ocho días más.

Pero Florencia, organización en que pocas veces había el consuelo de las lágrimas, sintió rotas al fin las fuentes de su corazón, y bañó con ellas los hombros y el semblante de su amiga.

Amalia lloraba dentro su alma mientras que las imágenes más tristes y fatídicas cruzaban por su rica y desgraciada imaginación.

—Vamos —dijo al fin Daniel, y tomando a su Florencia de la mano, la separó de Luisa que lloraba también, y alzándola por su cintura de sílfide, la puso de un salto en la ballenera, donde ya estaba madama Dupasquier al lado del oficial.

Todavía un ¡adiós! se cambió entre Florencia, Amalia y Eduardo; y a una voz del oficial la ballenera se desprendió de tierra, viró luego hacia el sur, y enfiló la costa con su vela tiriana desplegada, y sin las precauciones con que se había acercado un cuarto de hora antes. Seguía la costa con la intención de tomar más abajo un cuarto más de viento en su bordada al este.

Amalia, Eduardo y Luisa la siguieron con sus ojos hasta que se perdió entre las sombras.


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