Amalia
Amalia —Tiren sobre la cerradura —dijo la misma voz, que se hacía notable entre todas.
Pedro se sonrió, dio vuelta la cabeza y miró a Eduardo, de pie con Amalia de la mano, en el medio de la sala.
En aquel momento cuatro tiros de tercerola se dispararon en la parte exterior y la cerradura vino a caer a los pies de Pedro que, con una serenidad admirable se dio vuelta, acercóse a Amalia y le dijo:
—Estos pícaros pueden tirar por las ventanas, y usted no está bien aquí.
—Es cierto —repuso Eduardo—, al aposento de Luisa.
—No; yo estaré donde estén ustedes.
—Niña, si usted no entra, yo la cargo y la encierro —replicó Pedro con una voz tan tranquila pero tan resuelta, que Amalia, aunque sorprendida, no se atrevió a replicarle y entró con Luisa al aposento.
Entretanto, Pedro y Eduardo fueron a colocarse entre las dos ventanas, quedando cubiertos por la pared.
Estas precauciones no fueron inútiles, pues apenas habían ocupado aquel lugar, cuando los vidrios saltaron en mil pedazos y algunas balas atravesaron la sala.