Amalia
Amalia Parecía que se esperaba la última palabra de esa oración de la inocencia elevada a Dios, en medio de la noche y de los peligros, para comenzar la primera escena de aquel drama que presagiaba un terrible desenlace, puesto que, en el acto de levantarse la niña, y de entrar los que la observaban, una docena de recios golpes fueron dados en la puerta de la calle.
—Nuestro plan está ya concebido con Pedro —dijo Eduardo, dirigiéndose a Amalia—, no abriremos, no responderemos. Si se cansan y se van, tanto mejor. Si intentan echar la puerta abajo, tendrán que trabajar mucho, pues es gruesa y bien sostenida, y si lo logran, cuando los recibamos, estarán fatigados.
Los golpes se repitieron en la puerta, y en seguida empezaron a darlos en las ventanas de la sala y del comedor.
—Échenla abajo —dijo una voz ronca y fuerte que había sobresalido varias veces entre aquellas que acompañaban con un coro de palabras obscenas los golpes que daban en vano sobre la puerta y sobre las ventanas.
Pedro se sonrió, recostándose tranquilamente en la puerta de la sala.
—No se puede —dijeron muchas voces a la vez, después de haber hecho grandes esfuerzos, que se conocían por el crujimiento de los tablones que descansaban sobre dos gruesas trancas.