Amalia

Amalia

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Eduardo se levantó sereno, pasó al patio donde se paseaba Pedro, y entró a su aposento. Se quitó tranquilamente el pequeño poncho que lo cubría aún, sacó sus pistolas de dos tiros que tenía en los bolsillos de sus pantalones, examinó los cebos, y tomando luego su espada, dio al patio y colocóla desnuda en un rincón.

En ese momento Amalia llegaba también al patio con la inocente Luisa pegada a su vestido, que por segunda vez le repetía:

—Señora, ¿quiere usted que rece?

—Sí, hija mía, anda a la sala y reza.

La noche habíase cubierto con todo su ropaje de sombras y la tormenta se cernía sobre la tierra.

No bien había cambiado Amalia algunas palabras con Eduardo y Pedro, cuando sintióse el rumor de voces cerca de la puerta, y luego los sables y las espuelas de algunos que se desmontaban; y entonces pasaron a la sala, cuya puerta daba al pequeño zaguán.

Al entrar, un espectáculo tierno y sublime los detuvo a la puerta: la vista de Luisa, hincada, con sus manecitas juntas en actitud de súplica, rezando delante del crucifijo de Amalia.


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