Amalia
Amalia He sabido con mucho disgusto que se han atrevido a incomodar a usted en su soledad, sin motivos, y sin orden de tatita, lo que es un grande abuso que él reprendería si lo supiese. La vida que usted lleva no puede inspirar sospechas a nadie, sino a los que toman el nombre del Gobierno para sus fines particulares: usted está en el número de las personas que más distingo, y le ruego, como una amiga, que me comunique al momento si otra vez fuese usted molestada; porque si es sin orden de tatita, como no lo dudo, yo se lo avisaré a él en el acto, para que no se abuse de su nombre otra vez.
Crea usted que será un momento muy feliz para mí aquel en que pueda serle útil su obsecuente servidora y amiga.
Manuela Rosas.
Agosto 23 de 1840.
—Señora —dijo Santa Coloma, quitándose su sombrero—, yo no he tenido la intención de hacer a usted ningún mal, ni sabía quién vivía aquí. He creído que podrían haber salido de esta casa algunos de los que se han embarcado hace poco por esta costa, pues acabo de batirme con una ballenera enemiga muy cerca de aquí, y como no hay más casa que ésta…
—Vino usted a echarme las puertas abajo, ¿no es eso? —le interrumpió Amalia, para acabar de dominar el espíritu de Santa Coloma.