Amalia
Amalia —Señora, como no me abrÃan, y veÃa luz… pero, dispénseme usted. Yo ignoraba que aquà viviera una amiga de doña Manuelita.
—Está bien, ¿quiere usted entrar ahora y registrar la casa? —y Amalia hizo un movimiento como para salir a abrir.
—No, señora, no. Sólo le pido a usted el favor de permitirme que vengan mañana a componer la puerta que quizá se ha estropeado.
—Mil gracias, señor. Mañana pienso irme a mi casa del pueblo, y esto no es nada.
—Yo mismo —prosiguió Santa Coloma—, voy a pedirle disculpas a doña Manuelita. Créame usted que ha sido sin intención.
—Todo lo creo a usted y no hay necesidad de disculpas; porque por mi boca nadie sabrá lo que ha ocurrido; usted se ha equivocado y eso es todo lo que hay —repuso Amalia, endulzando su voz todo cuanto le era posible en su situación.
—Señores, a caballo; ésta es una casa federal —gritó Santa Coloma a los suyos—. Vuelvo a pedir a usted perdón —continuó, volviéndose a Amalia—. Buenas noches, señora.
—¿No quiere usted descansar ni un momento?
—No, señora, mil gracias; usted es la que debe descansar del mal rato que le he dado.