Amalia
Amalia Y sobre las hojas punzóes de la rosa, o sobre la frente pálida de la azucena, la mariposa esparcía el polvo de oro de sus alas, y se remontaba luego a embriagarse de luz y de colores: imagen delicada y tierna de la mujer, cuando se abre la flor de su inocente vida, y vuela en el jardín de las ilusiones, derramando el oro de su imaginación sobre las flores fragantes de sus deseos.
Las olas comenzaban a descansar ya de su agitación en el rígido invierno que acababa, y se dormían sobre sí mismas, como reposan las pasiones sobre el mismo corazón que les dio vida. Los vientos de la pampa plegaban su ala poderosa; y las templadas brisas de los trópicos se escurrían a la región del Plata, a conquistar el desierto palacio del invierno.
Toda la Naturaleza se regeneraba, se cubría de galas, respiraba esperanzas y reflejaba poesía, como la amante abandonada vuelve a la radiantez de su belleza rebosando promesas y alegría, cuando el aliento del amante ausente viene de improviso a entibiar la frente marchita por el frío glacial del abandono.
Al invierno «yermador», árido y triste, sucedía la creadora y alegre primavera. Y para toda la Naturaleza había una caricia, una sonrisa, una promesa… menos para el hombre.