Amalia
Amalia La flor, el campo, el agua, las nubes y los astros que tachonaban el manto celeste de Dios, todos recibÃan una mirada vivificadora, al abrirse el reinado de la opulenta primavera en las regiones del Plata… menos el hombre.
Su destino, frÃo como una cifra, adherido a su vida como el mármol al sepulcro e incontrastable como el paso del tiempo, le empujaba de desgracia en desgracia, y sin otra esperanza que en Dios, cuya mirada aparecÃa envuelta entre las nubes, sin llegar al alma, y alumbrarla, en la terrible noche de su infortunio.
La primavera comenzaba para la Naturaleza. Pero ¡ay!, el ámbar de la flor iba a extinguirse entre el olor de la sangre.
El campo iba a perder su manto de esmeralda con las manchas de sangre, que ni el pie de los años borrarÃa.
El arroyo iba a llevar sangre en su corriente. La luz del dÃa a encapotarse entre vapor de sangre. Y los astros que tachonan el manto celeste de Dios iban a quebrar su tenue rayo sobre charcas de sangre.