Amalia
Amalia Jugado estaba ya el destino de los pueblos del Plata. Su vida amarrada al potro de la tiranía, nueva Mazeppa[104], iba a desangrarse por largos años, rotas las carnes de la libertad, en las espinas de un bosque de delitos y desgracias. Las tradiciones de la revolución, el destino de 1810, las promesas risueñas de 1825, los progresos intelectivos de la sociedad, la moral de educación y de raza, el carácter de los pueblos, su índole y su imaginación misma, todo iba a acabar de subvertirse bajo el más disolvente de los gobiernos, bajo la más inmoral de las escuelas públicas; bajo el gobierno personal y tiránico, bajo el ejemplo de sus medios bárbaros. Un gobierno tanto más funesto cuanto que debía dejar inoculados en la sangre de una generación que se levantaba a la vida los malos hábitos de los pueblos que nacen y se educan bajo el imperio de los déspotas, en que la dignidad humana es escarnecida; la obediencia irreflexiva y ciega, una condición de la existencia individual; y las ideas y los intereses sociales, plantas exóticas en el terreno de ese gobierno.