Amalia
Amalia La ausencia de todo espÃritu de comunidad y asociación habÃa conservado hasta entonces el mal gobierno de don Juan Manuel de Rosas, como habÃa servido en gran parte a la anarquÃa que lo produjo. Y la prolongación de aquel gobierno iba a acabar de ahondar ese mal generador, en la tierra virgen de una sociedad sin hábitos ni creencias todavÃa. De este modo se preparaban para el futuro funestos y terribles sÃntomas de resistencia a la reacción que apareciese contra ese orden de cosas, en que ya no habrÃa que luchar contra el tirano, sino contra los resabios de la tiranÃa.
Rosas habÃa triunfado sin vencer. Y desde entonces, todas las cuestiones lejanas que rodeaban el horizonte de su gobierno iban a ceder poco a poco, y por sà solas, en la pendiente de su fortuna, o más bien, en el terreno de la fatalidad histórica; porque los cuadros históricos que ofrece al estudio la vida de los pueblos, ni quedan, ni se presentan incompletos nunca.
La República Argentina, como pueblo nuevo, habÃa completado ya, en quince años, su epopeya de combates y glorias, y puesto con su lanza el sello de su fuerza militar en la América, y de su destino en el mundo, como pueblo. Con su último cañonazo habÃa dicho la última palabra de sus primeras aspiraciones de 1810, y completado con el fuego de su pólvora la última luz del gran cuadro de su primera vida.