Amalia
Amalia —Pensad como gustéis, señores —replicó Daniel—. Para mÃ, esto está concluido. La empresa del general Lavalle, para tener éxito, debÃa obrar más sobre la moral que sobre la fuerza material de Rosas. El momento se ha perdido. La reacción del espÃritu vendrá en el numeroso partido federal, y, repuesto de su primera impresión, será diez veces más fuerte que nosotros. Dentro de dos horas, en este momento mismo, el general Lavalle podÃa tomar Buenos Aires. Mañana ya será impotente. López lo sacará de la provincia. Y, entretanto, Rosas levantará otro ejército sobre su retaguardia.
—Pero ¿cómo se sabe su retirada? —preguntó uno.
—¿Me creéis o no? Si me creéis, evitad preguntas cuya respuesta a nada conducirá —contestó Daniel con sequedad—. Básteos saber que hoy, 6 de septiembre, ha emprendido su retirada, después de haber llegado hasta Merlo, y que la noticia de la retirada la he recibido hace media hora.
—Bien, es preciso comunicársela a los otros.
—¿A cuáles otros? —preguntó Eduardo.
—¡Pues qué! ¿No hay en el barrio alguna otra reunión de nuestros amigos?
Daniel se sonrió de un modo cruel, puede decirse, pues que la ironÃa y el desprecio se dibujaron en su expresivo rostro.