Amalia

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De un momento a otro, millares de familias pasaron de la opulencia a la miseria, quedando a mendigar un albergue y un pedazo de pan, arrojadas de sus casas, y robadas hasta de sus muebles y los objetos más necesarios a la vida. Pues todo, «los bienes muebles e inmuebles, derechos y acciones de cualquiera clase, en la ciudad y campaña», pertenecientes, no digamos a los unitarios, a los que no eran sostenedores ardientes del tirano, cayeron bajo el imperio de la confiscación [*10].

Ese solo decreto estaba destinado a envolver más desgracia y más lágrimas que toda la serie de los delitos de Rosas.

En presencia de la muerte, la sociedad no pudo darse cuenta inmediatamente de toda la importancia de aquel estudiado acto de venganza.

Y mientras así temblaba y se sacudía convulsiva entre el puñal, el hambre, la desesperación y el terror, el ejército libertador, persiguiendo a López, se alejaba, y se alejaba para siempre; y el pueblo emigrado en la orilla oriental del Plata se echaba en los brazos de una nueva esperanza, con la llegada a Montevideo del vicealmirante Mackau, el 25 de septiembre, y que bien pronto debía disiparse.


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