Amalia
Amalia Al llegar el señor Mackau a Montevideo, manifestó deseos de instruirse a fondo de la cuestión y de su estado; recibió prolijos informes, apoyados en documentos verídicos, del señor Buchet Martigny; oyó los de multitud de personas particulares, que aparentaba escuchar con interés y atención; recibió en un documento, revestido de multitud de firmas, la expresión de los deseos e ideas de la población francesa de estos países; pero, con el pretexto de una prudente reserva, exigida por su posición, jamás manifestó abiertamente la menor de sus ideas, ni al ministro de Estado del gobierno oriental. Las palabras del almirante se redujeron siempre a éstas o parecidas: «Mi posición es muy delicada: mis simpatías por la causa oriental y argentina son muy vivas: sería preciso no tener corazón para no sentirlas: haré por esa causa cuanto sea compatible con mis deberes». A estas frases solía con frecuencia agregarse un medio no común en la diplomacia: la emoción y las lágrimas del almirante[*11].
Sin embargo de esta sensibilidad, el plenipotenciario francés dejaba entrever que, según sus instrucciones, ni a la República Oriental, ni a las tropas que estaban a las órdenes del general Lavalle había reconocido la Francia por aliados, sino como auxiliares que la casualidad le había proporcionado.