Amalia
Amalia Hay una cosa más bella y amorosa todavía. Hay un contraste más vivo y más latente; una sofisticación de la fortuna o de la desgracia; o mas bien, una bellísima ironía de cuanto está sucediendo en esos momentos: Amalia.
Amalia mintiendo felicidad, sin creerla ella misma.
Amalia bella como nunca. Apasionada como el alma del poeta. Tierna como la tórtola en su nido. Derramando una lágrima del corazón sobre su propia felicidad, y feliz con su llanto. Misterio de Dios y del destino. Presa disputada por la desgracia y por la dicha, por la vida y la muerte.
Entremos.
El salón de la encantada quinta ha recobrado su elegancia y su brillo. La luz del sol, bañando, amortiguada por las celosías y cortinas, el lujo de los tapices y de los muebles; las nubes de ámbar que exhalaban las rosas y violetas entre canastas de filigrana, jacintos y alelíes, entre pequeñas copas de porcelana dorada, y el silencio interrumpido apenas por el murmullo cercano del viento entre los árboles; todo hacía del salón de Amalia una mansión al parecer destinada a las citas del amor, de la poesía y la elegancia.