Amalia

Amalia

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Allí no estaba la diosa de aquella gruta. Con su cabello destrenzado, pero rodeando en desorden su espléndida cabeza, vestida con un batón de merino azul oscuro con guarniciones de terciopelo negro, sujeto a su cintura por un cordón de seda, que hacía traición al seno de alabastro y al pequeño pie, oculto entre unas chinelas acolchadas de raso negro, la joven estaba en su tocador con su pequeña Luisa. Y estaba allí entre un mundo de encajes, de riquísimas telas y de trajes extendidos, unos sobre los sofás, otros sobre las sillas, y otros colgados en los espejos de los roperos.

Bella siempre, bella de todos modos, su fisonomía estaba más animada que de costumbre. El cabello de sus sienes levantado, la Naturaleza parecía hacer alarde de las perfecciones de aquella cabeza, de la que la imaginación no halla modelo sino en las imágenes bíblicas. Sus ojos, que parecían siempre alumbrados por una luz celestial que se escurría por la sombra aterciopelada de sus pestañas como el primer rayo del alba por las sombras que aún bordan el Oriente, participaban también de la animación de su rostro.

Todo era extraño en ella.

En el momento en que nos acercamos estaba de pie delante a uno de sus guardarropas, en cuya puerta de espejo había colgado un magnífico vestido de blondas, con lazos de ancha cinta, blanca también en la cintura y en las mangas.


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