Amalia
Amalia —Hasta la noche le he de estar a usted diciendo que es el mejor.
—Eres porfiada, Luisa.
—Ya se ve que lo soy, pero es cuando yo sé que hago bien. Y verá usted, yo se lo he de contar mañana al señor don Eduardo; y…
—¿Mañana?
—¡Ah, sí, es verdad!
—Mañana cuando salga el sol ya estaremos separados.
—Pero, señora, ¿y no sería mejor que esperase unos días a ver si esto pasa?
—No, Luisa, ni un minuto más. Por su viaje he anticipado todo, he preparado todo en mi alma, en mis aprensiones, y afronto hasta la profanación que se hace hablando de felicidad en estos momentos de duelo y de sangre para tantos. Que parta hoy mismo, con esa condición me caso. Yo iré después, cuando sea posible salir de este sepulcro de vivos.
—¡Ah, qué día aquel que estemos todos juntos en Montevideo!
—Sí, en Montevideo —dijo Amalia, doblando su cintura para que Luisa le prendiese el nuevo traje.
—Vea usted —prosiguió Luisa— cómo se ha puesto buena la madre de doña Florencia, en tan pocos días.
—¡Oh, cuán contentas estarán pasado mañana!