Amalia
Amalia —Pero aquí… vea usted, señora, ni los pajaritos cantan —y Luisa señalaba con su manecita las jaulas doradas de los jilgueros de Amalia, que habían vuelto a su primera colocación después que se dejó la «Casa sola» y se volvió a Barracas.
—¡Sí! ¿Has notado, Luisa? ¡Los pajaritos no han cantado hoy! —exclamó Amalia, volviendo súbitamente los ojos a las jaulas, y como fijándose en una circunstancia que no había recordado.
—¡Válgame Dios! ¡Para qué le diría a usted tal cosa!
—Sí, bien… hablemos del traje… Hoy no quiero creer otra cosa sino que soy feliz… ¿te parece bien, Luisa?
—Espléndido, señora; pero no como el de encajes.
—¿Ves? Éste, éste es el que elijo.
—Y tiene usted razón. Después del de encajes no hay otro como éste —y Luisa se iba hasta el fin del tocador para ver de lejos a Amalia que se miraba, ora en el grande espejo, ora entre los dos de sus roperos, no ocultando en su rostro la satisfacción que sentía al haber hallado el traje que buscaba, y con el cual se presentará al lector algunas horas más tarde.
—Éste, sin duda. Despréndelo, Luisa, pero con cuidado.
—Está ya, señora.