Amalia

Amalia

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—Ahora otra cosa, Luisa —prosiguió Amalia, volviendo a ponerse su batón de merino.

—Ahora veremos las alhajas, ¿no, señora?

—No, Luisa, alhajas, no.

—¿Pero un collar, siquiera?

—No, en este acto no se ponen alhajas, Luisa.

—Pues, señora: yo si me caso alguna vez, y tengo tan lindas cosas como usted…

—No te las pondrás. Anda a la sala y tráeme todas las rosas.

Un minuto después volvía Luisa con la canasta de rosas que vimos al entrar en la sala.

Las rosas eran el encanto, el tesoro de Amalia. Y cuando tomó en sus manos la canasta y aspiró una rosa que entonces se abría, sus ojos se entrecerraron, palideció su semblante, y palpitó su seno: era que el aroma de la flor estimulaba al aroma poético de su alma, y aquella organización, sensible y armoniosa, languidecía de placer y de amor al aspirar la fresca y purísima esencia de la rosa.

Puso luego el canastillo de filigrana sobre sus faldas, y a medida que tomaba y aspiraba y examinaba las rosas, una mezcla de porvenir y de pasado, de felicidad y de melancolía, conmovía su corazón, sin duda, pues que su rostro, antes radiante, había vuelto súbitamente a su habitual expresión de dulcísima tristeza.


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