Amalia
Amalia Con el movimiento de su cabeza, su cabello destrenzado y apenas sujeto por una pequeña peineta, resbaló, y sus hebras se extendieron como un espléndido manto sobre su espalda. La alcoba estaba apenas alumbrada por la escasa luz que venía de la antesala, pues las ventanas del patio estaban cerradas. Y así, bajo esa débil claridad, y entre el ambiente perfumado que se respiraba en aquellas solitarias habitaciones, Amalia se acercó a la pequeña mesa colocada junto a su lecho, y se arrodilló delante del crucifijo de oro incrustado en ébano, que otra vez hemos visto en ese mismo lugar.
De rodillas, suelto el cabello, descansando sus brazos sobre el borde de la mesa, y sus manos oprimiendo la cruz, bella como una Magdalena, sólo el Hijo de Dios, que la escuchaba, sólo la mirada de Dios, derramada en el aire y en la luz del Universo, pudieron oír las sentidas palabras de aquella alma y leer la verdad del sentimiento, de la fe y de la esperanza, en aquella purísima conciencia.