Amalia

Amalia

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—Sí, Daniel, pero…

—¿Pero qué?

—¿Y no sería mejor saber si está el señor ministro, antes de que partiera aislado y solo por estas lúgubres calles, a estas horas, y encerrado en este vehículo?

—Nada importa eso; si no está, lo esperaremos, y cuando usted vuelva, aquí nos hallará.

—¿Y si el padre guardián me preguntase?…

—Ya se lo he dicho a usted cien veces. No debe usted contestar directamente a ninguna pregunta. Si quieren o no prestarse a lo que se les pide, cueste el dinero que cueste; eso es todo.

—¿Y por fuerza ha de ser sobrino mío?

—O hijo.

—¡Hijos yo, Daniel!

—O primo.

—¡Vaya!

—O ahijado, o lo que usted quiera.

—¡Dios ponga tiento en mis manos!

—Y en su boca, mi querido maestro. Antes de una hora tiene usted tiempo de volver.

—¡Adiós, Daniel, adiós!

—Hasta de aquí un momento, mi querido amigo —y el joven cerró la portezuela e hizo una seña al cochero, que no era otro que Fermín, y que partió al momento.


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