Amalia
Amalia —¡No, no! —exclamaba Manuela con un acento lleno de indignación.
Pero en medio de las carreras de la hija, de las carcajadas del padre, y de la persecución que hacía el mulato a su presa, que siempre se le escapaba de entre las manos, pálida, despechada, impotente para defenderse de otro modo que con la huida, el rumor trepitoso que hacían sobre las piedras de la calle las herraduras de un crecido número de caballos, suspendió de improviso la acción y la atención de todos.