Amalia
Amalia —Puede ser que no te equivoques —dijo Rosas con calma, y haciendo girar sobre la mesa el plato que tenía por delante—, pero si los unitarios no me matan en este año, no me han de matar en los que vienen. Entretanto, tú has cambiado la conversación. Te has enojado porque Su Paternidad te quiso dar un beso, y yo quiero que hagas las paces con él. Fray Biguá —continuó dirigiéndose al mulato que tenía pegado el plato de dulce contra la cara, entreteniéndose en limpiarlo con la lengua—. Fray Biguá, déle un abrazo y dos besos a mi hija para desenojarla.
—¡No, tatita! —exclamó Manuela levantándose, y con un acento de temor y de irresolución, difícil de definir, porque era la expresión de la multitud de sentimientos que en aquel momento se agitaban en su alma de mujer, de joven, de señorita, a la presencia de aquel objeto repugnante a cuya monstruosa boca quería su padre unir los labios delicados de su hija, sólo por el sistema de no ver torcido un deseo suyo por la voluntad de nadie.
—Bésela, Padre.
—Déme un beso —dijo el mulato dirigiéndose a Manuela.
—No —dice Manuela, corriendo.
—Déme un beso —repite el mulato.
—Agárrela, Padre —le grita Rosas.