Amalia
Amalia —¡Qué quiere usted, mi joven amigo! Ya yo soy viejo, y como me gusta tanto la sociedad de las bellas damas de Buenos Aires, allí aprendo de memoria todos los nombres distinguidos de la juventud.
—Cada palabra de usted es una amabilidad, señor Mandeville —contestó Eduardo, que buscaba inútilmente cómo entrar en ese juego exquisito de palabras galantes, que forman uno de los atributos especiales de la sociedad culta y de la diplomacia europea, y que no entraba en el carácter ni en los hábitos del joven.
—No, no, justicia nada más, señor Belgrano. Los viejos estamos siempre próximos a dar cuenta a Dios de nuestras acciones, y debemos esmerarnos en ser siempre justos y verídicos. Y, vamos a ver, ¿ha visto usted a Manuelita, señor Bello?
—Hoy no, señor Mandeville.
—¡Ah, qué criatura tan encantadora! Yo no me canso de hablar con ella y admirarla. Muchos creerán que mis visitas llevan un fin político cerca de Su Excelencia, y nada menos que eso: yo voy a buscar cerca de esa espiritual criatura, algo que alegre a mi espíritu tan aburrido de los negocios. En Londres, misia Manuelita haría furor.
—¿Y su padre? —preguntó Eduardo, sobre quien cayó como un palmetazo una mirada de Daniel.
—Su padre…, el señor general Rosas…, vea usted; en Londres…