Amalia
Amalia —En Londres no gozaría de salud el señor gobernador —dijo Daniel, para salvar al ministro del aprieto en que lo acababa de poner su amigo.
—¡Oh, el clima de Londres es detestable! ¿Ha estado usted en Europa, señor Belgrano?
—No, señor, pero pienso viajar algunos años por ella.
—¿Y pronto?
—No tan pronto como se nos ha venido el señor de Mackau —repuso Daniel, queriendo darle ya otro giro a aquella insustancial conversación.
—¡Cómo! ¿Ha llegado ya el vicealmirante Mackau?
—¿No lo sabía usted, señor Mandeville?
—A fe mía.
—Pues ha llegado.
—¿Aquí?
—No, a Montevideo, anteayer a la una.
—¿Y lo sabe ya Su Excelencia?
—¿Y cómo cree usted que sabiéndolo yo no lo sepa el señor gobernador?
—Ah, cierto, cierto. Pero es extraño que el comodoro no me haya comunicado nada.
—A la oración quedaba a la vista un bergantín inglés.
—¡Ah!